Felipe Aliaga (Universidad de Zaragoza, España), Conferencista magistral de NIICE’2026: «Las universidades deben promover prácticas e investigación que articulen los derechos de la naturaleza con la vida cotidiana, el quehacer profesional y las decisiones colectivas»

Pocos académicos latinoamericanos han trabajado durante tantos años —y de manera tan consistente— en el campo de los imaginarios y las representaciones como Felipe Aliaga, profesor de la Universidad de Zaragoza (España) y conferencista magistral de NIICE’2026. El profesor Aliaga es autor de casi medio centenar de artículos científicos, cuenta con una amplia experiencia de trabajo de campo como docente e investigador, y ha participado como consultor de organismos internacionales como ACNUR, la Agencia de Cooperación Alemana (GIZ) y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), entre otros. Asimismo, es fundador de la Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR), una red académica que reúne a cerca de 400 investigadores e investigadoras desde su creación en 2014, consolidándose como un espacio clave de diálogo interdisciplinar en el ámbito iberoamericano.

NIICE’2026 – Profesor Aliaga, gracias por aceptar impartir una de las conferencias magistrales en nuestro evento. Para comenzar, ¿cómo describiría el momento actual del debate sobre los derechos de la naturaleza y qué urgencias intelectuales y sociales lo atraviesan hoy?

Es un honor y un verdadero placer poder ser parte de este importante congreso internacional; muchas gracias por la invitación. El momento actual del debate en torno a los derechos de la naturaleza sigue siendo insuficiente, en la medida en que todavía solemos pensar la naturaleza como algo externo a nosotros, cuando en realidad somos parte inseparable de ella. Por eso, un espacio como el congreso NIICE se convierte en un lugar privilegiado para que emerjan ideas capaces de contribuir al bienestar colectivo y a la construcción de una relación más justa con los ecosistemas.

Hoy necesitamos más espacios para reflexionar críticamente sobre nuestro lugar en el planeta y sobre las responsabilidades que ello implica, tanto para la ciudadanía como para quienes detentan altas cuotas de poder. En este contexto, es fundamental reconocer que los seres humanos podemos ser profundamente bondadosos, pero también destructivos. La misión es luchar contra esta última tendencia: buscar todas las herramientas posibles para garantizar que el entorno donde convivimos con diversas especies animales y vegetales pueda perdurar.

Esto exige dejar de lado el antropocentrismo y asumir una ética orientada a contrarrestar el sufrimiento y la extinción que amenazan al mundo. Solo así podremos avanzar hacia modelos de coexistencia que respeten y protejan la vida en todas sus formas.

NIICE’2026 – Desde su trayectoria en el estudio de imaginarios y representaciones, ¿qué papel juegan los discursos y narrativas en la forma en que las sociedades conciben su relación con la naturaleza?

Los discursos ocupan un lugar central en el campo de las ciencias sociales y de la comunicología, pues en ellos se inscriben las formas de entender el mundo. Estos discursos configuran narrativas que buscan legitimar determinadas interpretaciones de la realidad. En este marco, existen discursos y relatos que alimentan los imaginarios y las representaciones sociales sobre la naturaleza; es decir, influyen en cómo percibimos su existencia, según quién la explica, desde qué perspectiva y de qué manera intervenimos en ella.

En este proceso desempeñan un rol fundamental la educación, los referentes familiares, las amistades y la información que recibimos a través de distintos medios. Todo ello va configurando nuestra propia versión de lo que entendemos por naturaleza, un proceso condicionado tanto por la importancia que atribuimos a este aspecto de la realidad como por la forma en que nos es presentada y por quién lo hace. En este entramado intervienen dinámicas de poder y posibles mecanismos de manipulación que determinan qué visiones se privilegian y cuáles se invisibilizan; y también emergen actores y comunidades que resisten o desarrollan formas de resiliencia frente a los abusos y al descuido de los elementos naturales de los cuales formamos parte.

NIICE’2026 – ¿Qué papel puede desempeñar América Latina —y en particular territorios como Esmeraldas— en la construcción de alternativas al modelo hegemónico de relación entre humanidad y naturaleza?

América Latina es una región que alberga varios de los países más biodiversos del planeta. Esta condición puede entenderse de múltiples maneras: como una oportunidad para la supervivencia colectiva, como un nicho económico estratégico o como un patrimonio natural de enorme valor cultural y ecológico. Sin embargo, su relevancia aún no adquiere un sentido compartido por millones de personas, por lo que resulta necesario abrir espacios para reconocer los imaginarios y representaciones que distintos sectores sociales están construyendo sobre la naturaleza. Asimismo, es fundamental discutir cuáles son los motivos e intereses subyacentes en los discursos y narrativas que se van instituyendo y difundiendo a partir de diversos saberes, pues allí emergen voces que requieren mayor resonancia y donde también se hacen visibles tensiones entre imaginarios.

En este contexto, se observa con claridad la colisión entre el imaginario de la vida moderna y el de la vida tradicional. Dicho choque se manifiesta en la representación de dimensiones centrales de la vida cotidiana: desde la instrumentalización comercial de la naturaleza hasta las concepciones que abogan por un respeto genuino hacia la sostenibilidad de los ecosistemas. Sabemos que este último enfoque se encuentra hoy profundamente amenazado, y es precisamente por ello que territorios rebosantes de vida, como la región de Esmeraldas en Ecuador, ofrecen un escenario privilegiado para pensar y reafirmar alternativas. Estos territorios permiten observar con mayor nitidez cómo avanzar hacia una relación más saludable de los seres humanos como parte de la naturaleza, poniendo en valor prácticas locales, saberes ancestrales y modos de vida que resisten al modelo hegemónico extractivista.

NIICE’2026 – ¿Cómo pueden las universidades contribuir de manera más activa a la defensa de los derechos de la naturaleza sin caer en enfoques meramente retóricos o simbólicos?

La universidad debe colocar en el centro del debate nuestra relación ecosistémica con el entorno. Desde la sociología de la salud sabemos que nuestro bienestar —estar sanos o enfermos— depende de la interconexión entre nuestra biología y los distintos determinantes sociales. Somos parte de una animalidad y una vegetalidad que hacen posible nuestra supervivencia; por ello, necesitamos que nuestra relación con todos los seres y elementos provenientes de la naturaleza sea beneficiosa para quienes habitamos este planeta, algo que, como sociedad, sabemos que aún no hemos logrado.

Las universidades y los centros educativos, en consecuencia, deben buscar formas de evitar que nuestra presencia en el planeta resulte nociva o autodestructiva. Su desafío consiste en contribuir a la construcción de imaginarios y representaciones que permitan problematizar críticamente cómo tratamos nuestro propio cuerpo, así como a los demás organismos y sistemas que posibilitan nuestra existencia. Esto implica no limitarse a discursos retóricos, sino promover prácticas, investigaciones y procesos formativos que articulen de manera efectiva la defensa de los derechos de la naturaleza con la vida cotidiana, el quehacer profesional y las decisiones colectivas.

NIICE’2026 – Para cerrar, como conferencista magistral del NIICE, ¿qué mensaje le gustaría transmitir a las nuevas generaciones de investigadores, estudiantes y activistas que participarán en el evento?

Creo que aún estamos a tiempo de revisar con profundidad lo que estamos haciendo como humanidad y de reconocer los discursos y narrativas que conforman nuestros imaginarios y representaciones. Algunos de estos imaginarios pueden ser nocivos para nuestra existencia, pues poseen un gran poder de dominación y reproducción en la vida social; otros, en cambio, emergen como alternativas que abren posibilidades reales para vivir mejor.

El desafío consiste en lograr que esas visiones de una vida respetuosa con el ecosistema adquieran un verdadero interés colectivo, de modo que se conviertan en prioridad por encima de modelos basados en el consumismo o en la depredación de los recursos naturales. Esto implica evaluar críticamente todas las fuentes que producen imaginarios y representaciones sobre la naturaleza, cuestionar aquellas que resultan dañinas y otorgar legitimidad y espacio a las voces que, desde la educación, las comunidades y la esfera política, defienden de manera sincera nuestra supervivencia y bienestar conjunto.

A las nuevas generaciones de investigadores, estudiantes y activistas, mi mensaje es claro: mantengan viva la capacidad de cuestionar, crear y transformar. Sostengan con convicción aquellas narrativas que promuevan el cuidado de la naturaleza en todas sus formas y contribuyan a construir futuros más justos, dignos y sostenibles. Su trabajo es esencial para que el pensamiento crítico se convierta en acción y para que la defensa de la naturaleza deje de ser un gesto simbólico y se transforme en una práctica cotidiana, ética y colectiva.

Muchas gracias y nos vemos en Esmeraldas.